A mediados de los años 70 el policial como género había derivado en una mezcla de violencia, dentro o fuera de la ley, herencias televisivas y el retorno de los gangsters míticos de cuarenta años atrás. Se hacían buenas películas, como Harry, el sucio de Don Siegel o Al Capone de Steve Carver, en tanto, parecía que no había lugar para la resurrección del lado más oscuro del género, es decir, el trabajo de un detective privado melancólico y pesimista dentro de la gran ciudad. Pero en el cine todo retorna y dos títulos provocaron la vuelta del “negro” dentro del policial, la ciudad corrupta y podrida, la oficina de investigaciones de un detective (solitario o no en su labor), el sistema narrativo de “cajas chinas”, el caso imposible de resolver. Uno fue Barrio Chino de Roman Polanski con Jack Nicholson desconcertado frente a la crueldad del pasado de una familia disfuncional. El otro, Adiós muñeca de Dick Richards, es la vuelta retro de una manera de hacer cine que parecía perdida en el tiempo dentro del policial: utilización de la voz en off, whisky, golpes, la presencia (y ausencia) de una vamp como elemento esencial de la historia, el gigante enamorado, la policía corrupta, el marco geográfico ideal para narrar un mundo podrido, repleto de personajes solitarios.
Robert Mitchum encarna el rostro y la figura ideal para esta excelente adaptación del libro de Raymond Chandler, en tanto, una recién madurita Charlotte Rampling es el motivo central por el que su corpulento novio enloquecerá de amor. Al fin y al cabo, Adiós muñeca confirma que el detective privado, antes que nada, es uno de los grandes perdedores de la historia del cine.
Gustavo J. Castagna