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"Dejame Entrar" de Matt Reeves - Seminario sobre Cine de Género: Terror/ Policial

SIN PERMISO PARA AMAR

Por Gustavo J. Castagna


Resulta curioso que una remake como DÉJAME ENTRAR esté a la altura de su original, en este caso, LET THE RIGHT ONE IN (Lat den rätte komma in), film sueco de 2008 de Tomas Alfredson.

Sorprende, y de buena manera, que dos años después de aquella historia original, el cine norteamericano emprendiera con rapidez la nueva versión de una historia de dos chicos de 12 años que se conocen por casualidad y que desde allí surge entre ambos la posibilidad de un amor precoz. Pero claro, contado así, parecería que se trata de un nuevo relato sobre el fin de la infancia y el comienzo de la adolescencia. En todo caso, los dos púberes, él solitario y castigado por sus compañeros, con la figura del padre ausente y una madre que se preocupa poco y nada, y ella, en tanto, la nueva vecina que llega con un extraño señor, con los pies descalzos en la nieve y una mirada intrigante y compasiva, entre ambos, como ocurría en la película original, surgirá una cálida relación afectiva que necesitará de sangre.


Efectivamente, la niña Abby (la extraordinario Chloe Grace Moretz) tiene más de los 12 años que invoca, muchísimos más, o en todo caso, como ella misma refiere: “hace demasiado tiempo que tengo 12 años”

Como primera lectura, DÉJAME ENTRAR encuentra el tono justo, sombrío y gélido, apartado geográficamente de una gran ciudad, reacio a la esquematización de una historia con una nena-vampiro de protagonista y un chico que encuentra en ella su otra mitad, aquella que el contexto y el entorno solo  provocan en él una serie de daños y humillaciones inexplicables.

Owen (Khodi Smith-McPhee) en un sujeto curioso, encerrado en su mundo, voyeur de ocasión, con amigos en la escuela que lo pasan por alto y con otros compañeros de colegio que no hacen otra cosa que demolerlo física y moralmente. Owen es el sujeto narrador de la historia y desde su mirada se empiezan a reconocer las características de Abby y de su acompañante, un falso progenitor que dedica su tiempo a buscar cuerpos para que la niña pueda saciar su deseo. Pero hay otro personaje interesante: un policía (personificado por el dúctil Elias Koteas), sujeto actuante en la primera secuencia que retoma protagonismo en la segunda mitad del film. En ese sentido, la narración de Matt Reeves invita al elogio: comienza su historia desde una escena posterior de la trama y, cerca de la mitad de la película, aclara al espectador por dónde seguirá el relato.

Los encuentros a solas entre Owen y Abby están constituidos por susurros, entre voces que piden permiso para hablar, juegos a descubrir, preguntas a resolver. Aquello tan clásico y realista que ocurre en cualquier pareja trasluce durante los momentos en que los chicos están a solas, intentando conocerse, pretendiendo alejarse ya de por sí de sus turbulentas o solitarias vidas familiares.

Reeves controla con maestría cada uno de los elementos que favorecen a la narración, recurriendo a la violencia física y a la sangre derramada como imperiosa necesidad argumental.

El paisaje y los ambientes a los que recurre la puesta en escena son los habituales en esta clase de historias: el colegio, los hogares, los lugares de recreación (en uno de ellos, en medio de una zona helada, transcurre una gran escena de la película) y, como si se tratara de un marca de fábrica del cine de terror de los últimos tiempos, en las amplias instalaciones de un natatorio tendrá lugar el sutil y elusivo (también cruel) desenlace del film.

Matt Reeves ya había concebido “Cloverfield” (2008) y luego de DÉJAME ENTREAR, realizaría “El planeta de los simios: confrontación” (2014), es decir, tres películas con decisiones antagónicas en cuanto a la puesta en escena. Sin embargo, en las tres, se aclaran las virtudes de un director, por lo menos hasta ahora, ajeno a cualquier moda efímera y a las tendencias que señalan las urgencias del mercado cinematográfico.

Por eso, el triunfo de DÉJAME ENTRAR es más loable, mucho más al tratarse de la nueva versión de un film ya de por sí único en su especie.

 

 

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