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"Sid y Nancy" de Alex Cox - Seminario Cine y Rock

Actualizado: 18 de mar de 2019

ROMEO Y JULIETA VERSIÓN PUNK

Por Gustavo J. Castagna

Un Cristo Punk, con algo más veinte años recién cumplidos, inmolándose en los escenarios yanquies de fines de los 70, tajeándose su cuerpo de piel blanca por dónde surca una sangre bien roja.

Las chicas vírgenes de Texas, en tanto, miran la performance de Sid Vicious como si se tratara de un acting celebratorio que anuncia la muerte inminente.


Nancy Spugren, por su parte, una puta y cocainómana devenida en novia y representante del frágil Sid, es una experta en el arte sado en eso de complacer a gente bien entre ropa de cuero y látigos donde se entremezclan el dolor y la felicidad.

El paisaje se apropia de la pareja, aquel Londres tradicional escupido desde la bronca punk de los Sex Pistols, con el líder Johnny Rotten a la cabeza de un cuarteto en donde los músicos habían aprendido a tocar (algo) de sus instrumentos diez minutos antes. Por allí también anda Malcolm McLaren, el creador de la movida punk desde la vestimenta hasta la actitud (o pose, o fetichismo cotidiano).

SID Y NANCY de Alex Cox, nacido hace 61 años en la cuna Beatle de Liverpool, construye una ficción tomando la segunda parte de la corta pero potente vida de los Sex Pistols como banda, es decir, aquella regida por la autodestrucción cotidiana de Sid Vicious (notable Gary Oldman) y su novia-groupie Nancy Spugren (Chloe Webb, a la misma altura interpretativa que GO) junto al viaje a París de la pareja, sus juegos infantiles por las calles de Londres, la gira que el grupo emprendería en ese paisaje estadoudinense reacio a la propuesta musical/física/mental  expresada, sin vergüenza alguna, desde el escenario hacia el público/adicto.

Por lo tanto, la primera novedad destacable es que SID Y NANCY no refiere a un biopic sobre los Sex Pistols sino el retrato apasionado y al amor mortuorio y de jeringas urgentes de una pareja efímera preparada para la vida y la muerte joven. Por supuesto que los momentos iconográficos de la vida musical de los Pistols son recreados por Cox: la travesía en barco por el Támesis, las puteadas por televisión, el viaje y única y última gira a los Estados Unidos, la construcción del personaje-ideólogo-representante McLaren. También esas calles roñosas de los barrios periféricos de Londres que no podían ocultar la desocupación y las referencias a músicos contemporáneos a los Pistols, o para denigrarlos (Rod Stewart, Bruce Springsteen) o con la intención de ubicar el contexto (Johnny Thunders, Iggy Pop). Además, la composición de otro personaje como Johnny Rotten, acaso el cerebro de la banda, y por eso mismo, el mejor sobreviviente hasta estos días.

Todo eso está en SID Y NANCY pero su función dramática se ubica en los bordes de la historia de amor de la pareja. En ese sentido, Cox presenta una película ajena a celebración y a la fiesta antisistema que representó al punk inglés de entonces. Si hay fiesta, si hay celebración, si subyace el grito eufórico contra la Reina y las tradiciones, todo ello será desplazado en la última media del film a través del autocastigo corporal y de la desesperación suicida de Vicious y Spugren.

La inmolación está a la vuelta de esquina, o en todo caso, al retorno definitivo que marcó la separación del grupo luego de la fatídica gira por “la tierra de los cowboys y de John Wayne” (palabras textuales de Johnny Rotten en el extraordinario documental The Filth and the Fury, de 2001).

El dealer de la pareja va y vuelve, y trae esto y lo otro para el martirologio final de Sid y Nancy.

Hotel Chelsea, el mítico espacio donde escritores, músicos y artistas irrepetibles se alojaron para delicia de curiosos y paparizzi. Pues bien, allí también estuvieron Sid y Nancy.

Suena música disco cerca del final de SID Y NANCY y se observa a Vicious feliz bailando con tres chicos negros.

Un auto se acerca con el fin de completar la media parte que le falta al músico recién salido de la cárcel.

Romeo Punk y Julieta Sado, finalmente, podrán descansar en paz.

 

 

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