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Crítica del film “El arte de la guerra” de Wong Kar Wai

WONG KAR WAI RELOADED

El Arte de la Guerra” se sitúa en China entre 1936 y hasta principios de la década del ´50, y cuenta la historia de Ip Man (Tony Leung) y Gong Er (Zhang Yiyi). El primero, maestro de Wing Chun (uno de los estilos del Kung Fu) y ella, maestra del estilo Ba Gua y la única en conocer la figura mortal de las 64 manos (algo así como “los puntos y choque que explotan el corazón”, en Kill Bill). El padre de Gong Er es el Gran Maestro Bao Sen, a la cabeza de la Orden de las Artes Marciales Chinas, y con motivo de su retiro le organizan ceremonias de despedida tanto en el Norte como en el Sur, que por cierto representan cada cual su propio estilo de Kung Fu. En esa despedida, es que Ip Man conoce a Gong Er. Poco tiempo después El Maestro Bao Sen es asesinado por uno de sus discípulos, lo que hunde a Gong Er en la sed de venganza. Esto coincide con la ocupación japonesa en China y, producto de la guerra, Ip Man pierde a su familia (mujer y dos hijas) asesinadas, lo que lo pierde en la miseria y el exilio desde Foshan a Hong Kong.



Hacia el final de la película uno intuye que, en verdad, el film habla sobre la supervivencia del Kung Fu y su futura y no tan lejana subversión a producto académico for export, dejándo en el medio una pátina más o menos didáctica sobre las diferentes variables y variantes técnicas. Pero también la idea, así como sucede con las Lenguas y los idiomas y dialectos, que la desaparición de alguno de estos estilos implicaba también una muerte en términos culturales y folklóricos. Ip Man, por esto, resulta ser en mayor o menor medida, uno de los únicos sobrevivientes y Maestros del Kung Fu en cuya figura se resume nada menos que la supervivencia de dicha Arte Marcial, a pesar de los avatares bélicos que sufrió China, primero desde la división interna Norte-Sur, luego por la invasión japonesa.


La película establece los códigos de una Biopic (Ip Man no sólo existió sino que se trata de un legendario personaje extremadamente popular en China, entre otras cosas, Maestro y mentor del gran Bruce Lee), pero Wong Kar Wai no ofrece a ciencia cierta una película clásica, sino que como ha hecho también con el melodrama en “In the mood for love” (2000), el género atraviesa lateralmente su universo narrativo y sirve sólo como pretexto formal frente a su nueva obra.


Aparecen así todas las perversiones temporales externas en el plano (ralentis, súper slow motion, intervalometrías) pero ahora al servicio de las escenas de acción en las que la lucha (coreografiadas por Yuen Woo-Ping, el mismo de Kill Bill, Matrix y El Tigre y el Dragón) funcionan menos con sentido narrativo que coreográfico o rítmico.


El film inicia justamente con una de estas peleas, en donde la obsesión pictórica y casi cosmetológica de Wong Kar Wai, hace pensar menos en una película que en un comercial. Todo parece vacío y abyecto. Demasiado manierista y maquillado. Como si te sirvieran un vaso de jugo de naranja concentrado y se hayan olvidado de diluirlo… hasta que Ip Man y Gong Er se enamoran.


Anclado también dentro de una pelea, el enfrentamiento por el honor entre Ip Man y Gong Er, los presenta y hace que surja entre ellos un amor prohibido (él está casado y tiene dos hijas, ella está comprometida). Esto lleva a que todo los recursos (los ralentis, el trabajo consciente del ritmo a través del montaje interno y externo, los objetos que se interponen como “velos” en la imagen) comiencen a tomar sentido, quizás por su emulación al mejor film del director, anteriormente citado.


A medida que la película avanza, y por consiguiente la contextualización histórica (que de cualquier manera nunca llega a ser una pretensión central en el film, anclada por intertítulos en chino) le otorgan a “El Arte de la Guerra” un contenido mucho más contundente pero no menos avasallante que los ya de por sí efusivos y obsesivos recursos formales.

Si se hace mención al enamoramiento de los protagonistas, es porque la interpretación de Tony Leung y Zhang Yiyi dotan a la película de una belleza peculiar. No sólo por la propia belleza intrínseca de sus rostros (miran a cámara como pocos en el cine actual), sino también por el texto que representan en sus emociones contenidas.


Las dos horas de películas logran dejar por añadidura, tópicos y pasajes muy interesantes. La presencia del tren como señal de progreso, de ese mismo progreso que amenaza con terminar con el legado del Kung Fu, es también una metáfora de un Cine que parece estar iniciando un viaje hacia otra estación. Las escenas bélicas poseen una contundencia notable y sin embargo suponen la parte más lúdica (y lúcida) de la película por funcionar desde un fuera de campo económico, austero y efectivo, sin perder nunca rigor ni verosímil alguno.


La nostalgia de los tiempos mejores, vuelve como un tópico central en la filmografía de Wong Kar Wai. En este caso, no sólo en la relación entre pasado y presente de sus protagonistas, sino también como crónica de un país y el intento de devastación que sufre su cultura.


“El Arte de la Guerra” parece el intento de un director por hacer de su cine lo mismo que terminó sucediendo con el Kung Fu: un producto de reconocimiento internacional, una puerta de entrada a occidente, pero que no puede ocultar un pasado que excede a la globalización, justamente por su valor intrínseco, profundidad estética y valor cultural.


Román Cárdenas.

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