LOS SOSPECHOSOS DE SIEMPRE
Por Gustavo J. Castagna
El mercado de los festivales de cine tiene sus propias características, sus nuevas cinematografías y sus descubrimientos que, por lo general, condicen con la calidad de los materiales. Poco o nada se sabía del cine rumano en el mundo hasta décadas pasadas y esto merece una explicación ajena al cine: el líder Nicolae Ceausescu montó una dictadura represiva en el país durante un extenso período (1974-1989) hasta el derrocamiento de su gobierno a propósito de una revolución que decidió el fusilamiento de él y de su esposa luego de largas sesiones tribunalicias. Este hecho fue transmitido a gran parte del mundo por la televisión.
Por lo tanto, el mundo desconocía cómo era el cine rumano aunque algunas pocas películas que fueron difundidas permitieron ver una estética rancia, acomodada a las imposiciones del gobernante, con transparentes implicancias políticas que defendían al régimen. Es decir, un clásico cine de propaganda que ya tenía sus antecedentes en el siglo XX, en especial, durante las décadas del 30 y 40. A partir de ese hecho histórico, el cine rumano renace y comienza a interesar a los programadores de festivales. Nuevos nombres, originales planteos ideológicos, formas expresivas que muy pocas veces el cine rumano había adoptado para transmitir a propios y extraños.

En los últimos años las películas y los directores rumanos participan de los festivales clase A. Se verá, como siempre ocurre, si solo se trata de una (otra) moda más o la confirmación se está frente a una cinematográfica que ya presentó un puñado de películas representativas concebidas por cineastas con un estilo propio. Títulos como BUCAREST 12.08; AURORA; 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DIAS; COMO CELEBRE EL FIN DEL MUNDO y LA NOCHE DEL SEÑOR LAZARESCU, por invocar solo algunos films, antes que nada, reflejan un estado de las cosas. Ese (nuevo)estado de las cosas aparece de manera cruda, ostentando las secuelas de la dictadura de Ceausescu, pero también, planteándose los enigmas de estos días a través de personajes de vidas grises, sumergidos en el aparato burocrático que nunca cede en lo mínimo, hasta interrogarse por aquel pasado feroz en comparación con un presente turbio que manifiesta las (supuestas) bondades de la un nuevo tiempo triunfante.
En POLICIA, ADJETIVO de Corneliu Porumboiu, aquella dictadura es un recuerdo pero los ciudadanos siguen custodiados aun en sus mínimos movimientos. Hay un caso a resolver entre expedientes, archivos y seguimientos que hasta parece de rutina para Cristi, el joven policía civil que cumple órdenes impartidas por sus superiores. Un ciudadano fue descubierto con hachís, pretexto para que Porumboiu narre su historia en oficinas, pasillos y expedientes –supuestamente- legales que condenarían al infractor y que obligarían al policía a responsabilizar al sospechado.
Sin embargo, POLICIA, ADJETIVO es una película donde todo el mundo parece controlado por el poder de la ley, alimentando una insoportable paranoia que hasta se traslada al ámbito familiar, como ocurre en la gran escena de la discusión entre Cristi y su novia por un tema musical que complace a ella. En este mundo de perseguidos y vigilados, nadie alza el tono de voz, los personajes susurran, gesticulan solo lo necesario, como si se estuviera viviendo (¿sobreviviendo?, ¿resistiendo?) dentro de un thriller paranoico con una puesta en escena que parece extraída de algunas páginas redactadas por Kakfa.
Las virtudes de la película, como todo gran film, no solamente se circunscriben a su importancia temática. Los recursos cinematográficos son amplios y plenamente justificados: minuciosos fuera de campo (el sospechoso no aparece en imagen), rigurosos tiempos muertos donde se procesa el estado paranoico de Cristi, silencios que ocupan el lugar de las palabras y explicaciones redundantes. Como si un moderno Joseph K de “El proceso” kafkiano no encontrara respuestas para sus incertidumbres.
En este punto, la última media resulta agobiante para Cristi y otro policía, escuchando atentamente a su superior, quien habla y justifica el proceder de la justicia a través del diccionario. Allí Porumboiu gana su propia batalla dialéctica, donde las palabras adquieren un nuevo significado o, en todo caso, aquel que solo entiende el poder. Esa media hora final, ya de por sí, justifica el poderío del actual cine rumano y el merecido prestigio cinematográfico de una película extraordinaria.