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“El cazador de Wolf Creek” de Greg Mclean 10 films antológicos de terror

Actualizado: 27 de feb de 2019

SE VINO LA NOCHE…

Por Gustavo J. Castagna

Allá por la mitad de los 70 y hasta una década más tarde el cine australiano se ubicó como uno de los más relevantes y originales, no solo para el crítico sino también para un público adicto que reconocía temas, directores y actores jóvenes que luego llegarían a las grandes ligas de la industria estadoudinense (Mel Gibson sería el ejemplo más notorio)


Películas dirigidas por Peter Weir (en primer lugar, claro) y detrás de él Donald Crombie, Bruce Beresford, Colin Eggleston, entre otros, sin olvidar al gran George Miller (Mad Mad y Mad Max 2 en ese contexto) fueron los representantes de una novedosa puesta en escena en donde la naturaleza, los desequilibrios climáticos, una lectura apocalíptica sobre el mundo, el misterio y el cruce de culturas y etnias gobernaron una década de cine en salas y festivales. Sin necesidad de recurrir a lo numérico y a la abundancia de títulos, como síntesis de una época intransferible, sugiero ver este puñado de películas: Picnic en las rocas colgantes, La última ola, Galipolli, El plomero, Te llamaré Caddie, las citadas Mad Max, La fiesta de Don, Después de la emboscada.


Pero el sueño australiano terminó rápido por diferentes motivos, entre otros, la ida de directores y actores a Hollywood (Weir, Beresford, Gibson) y la decisión de productores británicos apañados por un sistema por imponer reglas con tal de aplastar a aquel cine original. En efecto, no es que el cine australiano dejó de hacerse en las décadas siguientes pero ocurre que ya no tiene aquella difusión vía festivales ni tampoco un peso esencial dentro del negocio de la imagen. Además, otras cinematografías de otros países (ay, las modas) fueron reemplazando a los desiertos interminables de la geografía australiana.

De vez en cuando aparece alguna película más que interesante no solo por retomar algunos tópicos de los 70 y 80 germinados en Australia sino también porque condice con ciertos elementos temáticos y formales (terror, suspenso, truculencia, fusión perfecta entre naturaleza y personajes) que apelan al mejor de los recuerdos de aquellas imágenes de antaño.


Uno de esos films es EL CAZADOR DE WOLF CREEK (2005), opera prima de Greg McLean, fenomenal éxito en su país y en el exterior y acabado ejemplo que mira al pasado para certificar un presente venturoso. En realidad la historia de Wolf Creek (título original) refiere a un paisaje y a un cráter que desean conocer tres jóvenes (dos mujeres y amigas, un hombre), curiosos en sí mismos, con ganas de matar el tiempo y aprovechar las “bondades” de la naturaleza y los parajes desérticos. Pero en sus vidas se cruzará un extraño sujeto, un morador del lugar o cercano al cráter, un gigantón temible que daría la impresión que nació en medio de ese paisaje interminable con mucho polvo, carreteras perdidas, animales nocturnos y canguros matutinos y vespertinos.


En poco más de hora y media McLean construye un relato incómodo de ver, una narrativa que somete al espectador a un interés sin interrupciones pese a que muchas de las escenas resultan previsibles y hasta repetidas dentro de su genealogía genérica. En ese sentido, uno de los puntos más inquietantes de EL CAZADOR DE WOLF CREEK es que se trata de una “historia basada en hechos reales”

Semejante aviso, fagocitado hasta el hartazgo en películas lamentables que cargan con el cartel para darse importancia, en el desarrollo del film de McLean, adquiere un valor supremo que va más allá de “supuesta realidad” de los sucesos. Ocurre que la cámara de McLean, inquieta y cercana hacia personajes y situaciones, presenta una sensación de urgencia e inminencia tal como si se tratara de un corresponsal de guerra en medio de un campo de batalla.


Sin embargo, la batalla será entre cuatro personajes, uno que domina el terreno y conoce al detalle frente a tres jóvenes que por razones azarosas deberán sobrevivir (o, por lo menos, intentarlo) al cruzarse con una mente enferma y criminal.


Esa sensación de estar ahí, padeciendo con los personajes, en el caso de EL CAZADOR DE WOLF CREEK, no se tiene la necesidad de descansar en los rituales del gore más desaforado. Al contrario, ya que la historia que narra este crudo y cutáneo film de terror y suspenso reúne momentos de suspenso, tensión y temor hacia el espectador con la correspondiente pero acá no excesiva dosis de sadismo y crueldad.

Los jóvenes mártires de EL CAZADOR DE WOLF CREEK (los de ficción y “los reales”) ya tienen un merecido espacio en la historia del buen cine australiano. Muy lejos de esa década de gloria pero muy vivo en el siglo XXI. Por lo menos, a través de un cazador solitario y peligroso como pocos.


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