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Crítica de “Blue Jasmine” de Woody Allen

EL OCASO DE UNA VIDA

Jasmine French (Cate Blanchett) es una mujer atrapada en su propio pasado. Cuando el espejo se rompe comprueba que la vida de lujos y sibaritismo all-inclusive, responde a los oscuros entretelones financieros de su marido (Alec Baldwin) que, a fuerza de falsa filantropía, se roba el dinero ajeno bajo el pretexto de ayudarlos a multiplicar sus arcas evadiendo los impuestos del gobierno.



Con su pasado diezmado, su esposo ahorcado en la cárcel, todas sus cuentas bancarias intervenidas, sus propiedades embargadas y por supuesto ninguna amistad en pie; viaja desde New York a San Francisco -sin privarse aún de la Primera Clase ni de sus valijas L. Vuitton- a “visitar” a su hermana Ginger (Sally Hawkins) por algunos días hasta que las aguas se calmen o, hablando mal y pronto, hasta que pueda juntar un par de dólares no sólo para poder hospedarse en un lugar acorde a su categoría de distinguida, sino incluso para poder comer y hasta para poder comprar las Xanax que religiosamente consume para tratar de evadir las preocupantes lagunas neuronales que la acosan, dejandola por minutos en un limbo temporal del que siempre vuelve en reversa (hablando sola y reviviéndo alguna situación del pasado).


Su hermana -su hermanastra en verdad- a quien también el marido de Jasmine estafó cuando se ganó la lotería y tuvo la única posibilidad seria de cambiar su status para siempre, responde a otro estilo de vida en términos socio-culturales. Y Jasmine a lo largo de su vida la ha evadido elegantemente por no considerarla digna de su relación. Ahora, con el caballo cansado, la que viene a pedir ayuda encubierta es ella, la hija pródiga, la que siempre tuvo todo, la mejor y más bonita, la nacida para todos los lujos, como aquella protagonista de El Collar de Guy de Maupassant.<