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Easy Rider de Dennis Hooper Seminario sobre Cine de Culto

Days Tripper

Por Gustavo J. Castagna


Busco mi destino (Easy Rider) marcó el comienzo de las road movies cinematográficas, y también, fue el inicio de la carrera como director de Dennis Hopper, a esa altura, un reconocido actor germinado desde las tablas del Actor´s Studio. Hopper también encarna uno de los dos papeles principales, junto a Peter Fonda, en tanto un aun joven Jack Nicholson aparece como el tercer vértice de un triángulo interpretativo que quedó guardado por siempre en la memoria del espectador.


Estamos en 1970 y ya habían pasado la fiesta bautismal de Monterey Pop y los tres días y las quinientos mil personas que concurrieron a Woodstock. El hippismo todavía no era un objeto de consumo y Hendrix, Janis y Jim Morrisson aun estaban vivos, con sus genialidades y excesos. Solo el cadáver flotando de Brian Jones anunciaba el inminente crepúsculo del desastre de Altamont de 1971, cuando el error de los Stones por haber contratado a los Hell´s Angels como personal de seguridad convertiría a esa otra fiesta en un rictus mortuorio y poco acorde con el rock de entonces. Hopper y Fonda sabían de esto pero también no podían omitir que el contexto oprimía, que Nixon estaba en la Casablanca, que Estados Unidos todavía creía que saldría victorioso de Vietnam y que el hecho de propugnar la libertad a toda costa podía traer sus problemas. Por eso ambos produjeron, los dos actuaron y el inquieto Dennis dirigió este clásico del cine, esta película de culto que sería el gran prólogo de tantas road movies (films de caminos, de rutas, de viajes iniciáticos) por la Norteamérica profunda, aquella que rechazaba al distinto, al diferente, al que consumía marihuana y trataba de conseguir LSD como sea, con tal de hacer otro viaje, el primer “trip” existencia(lista), a la búsqueda de una (nueva) felicidad por ahora perdida. Estados Unidos parecía que dejaba de ser un país de viejas ideas y por eso Busco mi destino es eso: la búsqueda de un mundo diferente, de un recorrido por el alma y el cuerpo de una generación que no confiaba en líderes vetustos, en promesas vanas de republicanos y democrátas. Provistos por las motos referenciales, con la autoridad que daba tener semejante objeto fetichista para ser exhibido y deseado, los dos protagonista viajan y llegan a esos pueblos donde serán observados con desconfianza, rechazo, con gestos repulsivos y condenatorios. En una de sus travesías se cruzarán con el borrachín que encarna Nicholson y pasarán grandes momentos. En otro de sus viajes conocerán a dos chicas y esperarán el Mardi Grass, el carnaval hippie, y visitarán el cementerio donde tendrán un viaje interminable de placer de placer a propósito de aquellas sustancias prohibidísimas. Pero la muerte los estará esperando ya que para ese paisaje son solo maricas y pelilargos, roñosos y rockeros, jóvenes y presuntuosos. Ya habían sonado los acordes de Jefferson Airplane, Steppenwolf, The Band, Bob Dylan y Richie Havens, entre otros, como cortina sonora que también quedaría anclada en la memoria del espectador. Pero una moto en llamas, cadáveres en la ruta y la voz de Roger McGuinn, el líder de The Byrds, nos dice que el primero de los sueños por un mundo mejor ingresaba en su etapa más oscura, más crepuscular, más confusa. También, difusa.

 

 

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