āEn la boca del miedoā de John Carpenter 10 films antológicos de terror
- CIC
- 5 may 2017
- 3 Min. de lectura
HOBBEāS END, UN VIAJE SOLO DE IDA
Por Gustavo J. Castagna
Los aƱos 70 y 80 habĆan mostrado al mejor Carpenter y a un cineasta esencial de casi dos dĆ©cadas. Con obras maestras, grandes films, pelĆculas que marcaron un antes y un despuĆ©s, tĆtulos que refundaron a gĆ©neros en su postura clase B o no, imĆ”genes Ćŗnicas e irrepetibles que pertenecen a la gran historia del cine, apresadas para la eternidad por el cinĆ©filo, defendidas por el crĆtico mĆ”s exigente y con un espectador que reconocĆa a un autor con un universo personal e intransferible.

AllĆ estĆ”n Asalto a la prisión 13, Halloween, La niebla, Fuga de Nueva York, Sobreviven, El prĆncipe de las tinieblas, los tv movies Alguien te estĆ” mirando y Elvis, la relectura genial del clĆ”sico clase b de los 50 en The Thing (El enigma de otro mundo), la precaria y simpĆ”tica Dark Star, la adaptación de Christine sobre Stephen King.
Aunque nunca me fanaticĆ© con Starman y Rescate en el Barrio Chino, aquellos tĆtulos citados reafirman el concepto: Carpenter fue un cineasta extraordinario durante una dĆ©cada y media.
Los 90 arrancarĆan medio a los tumbos con Memorias de un hombre invisible (que solo vi una vez y en su momento) hasta que, contra todos los pronósticos, el viaje terrorĆfico, cinematogrĆ”fico y literario hacia el corazón de un pueblo llamado Hobbeās End convertirĆ” a EN LA BOCA DEL MIEDO en uno de los mejores films del director y tambiĆ©n de la dĆ©cada.
En efecto, la travesĆa que emprende Trent (brillante San Neill) a la bĆŗsqueda del escritor Sutter Crane (Jurgen Prochnow) condice con la Ć©poca y las relaciones Āæcarnales? entre el cine y la literatura (por allĆ se cita a Stephen King, porquĆ© no a Clive Barker) pero tambiĆ©n, desde la elección de la puesta en escena y la exhibición de monstruos sin forma, el fantasma de H. P. Lovecraft dice presente en mĆ”s de una oportunidad.
Carpenter se siente a gusto con su particular estilo ya expuesto en aquellas genialidades de dĆ©cadas anteriores: la construcción de un espacio cinematogrĆ”fico temible hacia el espectador, las citas literarias que se expresan mĆ”s tarde desde el lenguaje del cine, la eficacia en resolver secuencias en donde la podredumbre sangrienta del āgoreā se manifiesta con suma elegancia y sutileza.
Esas carreteras y rutas diurnas o nocturnas de EN LA BOCA DEL MIEDO recorridas por seres siniestros que andan en bicicleta, intimidan y asustan, pero no solo por la imagen en sĆ misma sino por aquello se presume desde el fuera de campo. La figura de Sutter Crane, escritor diabólico o construcción mental de Trent o referencia permanente desde el fanatismo de sus lectores, ejemplifica hacia donde Carpenter dirige sus intenciones: conformar una perfecta simbiosis de literatura y cine, proponer un film clĆ”sico y moderno, escarbar en las raĆces del gĆ©nero acorde a sus lectores convertidos en groupies fanatizados.
Si en esta dĆ©cada tan problemĆ”tica para el gĆ©nero otro destacado cineasta del rubro como Wes Craven realiza Scream y mete el bisturĆ en el adicto a las pelĆculas de terror, EN LA BOCA DEL MIEDO, entre varias cuestiones, refiere al seguidor incondicional de esas pĆ”ginas manchadas de sangre, sugerida o directa.
Pero tal vez el aspecto mĆ”s interesante de este Carpenter fundamental de la dĆ©cada (el otro serĆa Vampiros de 1998) es que navegando entre las tensiones que se producen en la relación del cine con la literatura (y viceversa), y que en EN LA BOCA DEL MIEDO se explayan con elocuencia, la pelĆcula deja lugar a la ironĆa, al humor inteligente, al matiz sarcĆ”stico que escapa de cualquier solemnidad.
Allà estÔn, por lo tanto, las referencias a la música del dúo The Carpenters, el rostro sorprendido y alucinado de Neill, la torpe seducción que propone el personaje de Julie Carmen o esa señora encargada del hotel donde se albergarÔ la pareja protagónica.
Carpenter, en ese sentido, obtiene una estruendosa victoria con EN LA BOCA DEL MIEDO: hacer una pelĆcula de terror con alguna pizca de humor que nunca cae en la sĆ”tira directa ni en la parodia como pereza narrativa.
Tal vez en la carcajada imparable (¿solo eso?) de Trent, en esos planos finales donde se lo ve comiendo pochoclo en el cine, se sintetice las virtudes de esta obra maestra de los años 90.
