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“Funny Games” de Michael Haneke Seminario de Cine en el CIC


EL MUNDO ES UN LUGAR PELIGROSO

Por Gustavo J. Castagna


Rara pero encendida fue la propuesta de Michael Haneke allá por el 2007: probar suerte en Hollywood con una nueva versión de FUNNY GAMES, producción austriaco/alemana que él mismo concibiera una década atrás. El desafío resultaba mayor debido a que el argumento sería el mismo, también la puesta de cámara y los tempos narrativos; los cambios, pocos, se limitarían al grupo actoral, a un par de locaciones y a parte del equipo técnico.


El objetivo de Haneke, en ese sentido, estaba puesto ahí, al alcance del interesado: saber cómo respondería el conservador espectador estadoudinense frente a una historia de acoso, violencia y humillaciones físicas y verbales pero protagonizada por actores conocidos (Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt) más una producción parida en el corazón de Hollywood. Los resultados fueron gratificantes y saludables (si cabe el uso paradójico de estos términos y así relacionarlos con el universo del director) más que nada porque el cineasta probó suerte en la Meca y le fue bien, hizo la película que deseaba hacer, molestó a más de un individuo bien pensante y construyó un relato –similar al de la primera versión- que no requiere de espectadores complacientes y de aprobaciones teñidas de corrección política y del uso imperioso de las buenas costumbres.


No hay explicaciones psicológicas o interpretaciones asociadas al diván para comprender el feroz, perverso y cínico comportamiento de dos jóvenes, émulos referenciales de aquella animación de los años 90 encarnada por los púberes, malolientes y maleducados Beavis & Butthead, primero acosando y luego maltratando a un matrimonio y a su hijo varón refugiados en una idílica casa costera. El acoso en primera instancia es verbal, luego se convertirá en maltrato físico, volverá después al juego suspicaz a través de la palabra y culminará, como era de esperar, con un humor negrísimo y perverso que no tiene retorno. Como no lo tendrá el trío familiar frente al dúo de jóvenes, que se dedican a invadir espacios privados que no les corresponden, instando a la pregunta del invadido y proponiendo un doble juego al espectador en relación al lugar al que es invitado a ocupar dentro de la trama. Como si a los personajes asesinos y acomplejados de Hitchcock (Norman Bates en “Psicosis”; el encargado de cuidar la parroquia en “Mi secreto me condena”; el tío Charly en “La sombra de una duda”) se le sumara una fuerte de dosis de sadismo y crueldad que no necesita de comentarios pedagógicos ni de condenas inmediatas.


Ese juego en el que Haneke se siente cómodo y en donde decide arrastrar con delectación a un hipotético espectador, tendrá su escena cumbre cerca del final cuando el control remoto de un televisor cobre protagonismo, manipule las emociones de un público que observa los hechos desde su comodidad burguesa y exprese, otra vez, su particular mirada sobre el estado de cosas. Cosas que le pueden suceder a cualquiera, no solo a la familia protagonista. Sin embargo, lo que menos le importa a Haneke es aludir a un mundo actual en el que nada es seguro, ni mucho menos, construir un relato en defensa de una clase media de cualquier origen, siempre aterrada por el miedo al otro, al diferente. Haneke ve en los dos jóvenes invasores la representación del mal, un mal con rostros de niños bien, bien educados, prolijos, cultos, de buen decir, casi con seguridad sin inconvenientes económicos. Tan parecidos a sus futuras víctimas, tan siniestros como el resto, como los otros. ¿Como nosotros….?

 

 

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