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Se realizaron las XII jornadas de teatro y actuación en el CIC (primera parte)

Las XII Jornadas de Teatro y Actuación dejaron una gran resonancia en los alumnos del CIC, no sólo por la posibilidad de conectar con las grandes figuras que se acercaron a compartir sus experiencias, sino también por la propia posibilidad de exponerse ellos frente al público que llenó el Teatro durante todo el día en las diferentes Charlas y Debates.


Celia Muggeri, Coordinadora de la Carrera de Actor y Director de Artes Escénicas, junto a Vivián Imar y Marcelo Trotta, Directores del CIC; abrieron nuevamente las puertas a éste clásico espacio en la formación de sus alumnos.


A las 11.15 de la mañana comenzó justamente la primera de las charlas con una reconocida personalidad del ámbito de la actuación para cine, televisión y teatro: Jorge D´Elía presentó la charla “SAGAI. Los Derechos del Actor”, en calidad de representante e integrante de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores e Intérpretes. Repasamos los aspectos más sobresalientes de la charla sobre esta entidad única en América Latina, a partir de la palabra de Jorge.


“SAGAI es un reconocimiento al actor luego de 73 años. Y a través de la revista Arlequín, de la que soy director, buscamos dignificar la profesión. Es una institución que defiende la propiedad intelectual del intérprete y estamos nucleados muchos compañeros como Pepe Soriano, Jorge Marrale, Martín Seefeld, Pablo Echarri, Juan Carlos Ricci, Osvaldo Santoro, entre muchísimos otros. Discutimos mucho. Pero lo hacemos en beneficio del actor”


Un ejemplo concreto de los beneficios que otorga SAGAI: “Casados con Hijos” es una tira que se está repitiendo al aire desde hace mucho tiempo. Ocupa una franja grande de pantalla. Sus protagonistas seguramente pierden la posibilidad de ser llamados para nuevos personajes porque, a pesar de no estar grabando ya la tira, tienen una presencia en pantalla muy fuerte. SAGAI se encarga de que ellos cobren por estas repeticiones y, si bien lo que cobran son cifras fabulosas, seguramente no alcanzan a compensar el lucro cesante que tienen al no ser llamados por saturar la pantalla.


SAGAI tiene un plantel de visionadores, graba los programas de televisión de los canales de aire diariamente. No hay en toda América Latina una institución de gestión para el actor parecida a SAGAI. Lo que existe en el resto de los países de la región es algo similar al cobro por repetición que ofrece la Asociación Argentina de Actores, donde se cobra un porcentaje sin importar rango o protagonismo. Es un fijo. SAGAI en cambio contabiliza los minutos de cada actor en pantalla, ayudados de un software de primera tecnología, le cobra a los grupos de medios y le paga al actor según esos minutos. De esta manera, lo que cobran es una suma más que importante y justa en función de la actividad en particular de cada uno.




SAGAI contempla sólo a actores que están dentro de un soporte capaz de ser reproducido. No contempla teatro ni actores de publicidad. Protege a actores, bailarines y dobladores y no cobra absolutamente nada a sus asociados. No hay necesidad de ser socio para gozar de sus privilegios. Todo el dinero que cobran, una vez fallecidos, pasa automáticamente a sus descendientes.


La función principal de SAGAI, sin embargo, no es distribuir este dinero, sino tener una Fundación que otorga ayuda en equipamientos especiales y medicamentos a enfermos, capacitaciones y cursos de todo tipo referidos a la profesión, reconocimientos económicos a actores mayores de 80 años, etc. Ese es nuestro mayor aporte y por el que la mayoría de los que integramos SAGAI nos sentimos orgullosos.

Promediando las Jornadas, llegó una de las mesas más esperadas. La presencia de Hugo Arana, moderado por Celia Muggeri y Guillermo Flores. En esta ocasión se intentó particularizar en el trabajo del actor, a partir de las experiencias de Hugo a lo largo de su carrera en una charla que se dio en llamar “Los caminos del actor”. Pasando por sus inicios, por la tipología de trabajos que fue abordando, y fundamentalmente por la idea de coherencia al momento de elegir y diseñar tu propia carrera como actor. A continuación, lo más relevante de la charla, en primera persona:


“La vocación nació por desesperación”.


De chicos en mi familia no nos sobraba nada, éramos laburantes. A los once comencé a trabajar con un zapatero. Fui saltando de laburo en laburo, trabajé seis meses en una fábrica de armas hasta que me echaron porque hice un paro. Hacia los dieciocho, veinte años, comenzó la desesperación, me pregunté ¿dónde pongo mi vida, cuál es el camino?

Yo era amigo de un ciego en Lanús que tenía dos cines. Hoy uno es el Bingo y otro es un Banco. Pasaban dieciocho películas por día y yo veía la mayoría desde la cabina. Me gustaba mucho el cine. Me volvía a mi casa caminando por la vereda, haciéndome el duro de la película.


“Había algo en mí que estaba incipiente. El deseo de llamar la atención, de ser querido, de ser mirado”

Un día estaba laburando de albañil, pintor y electricista para un arquitecto y vi un afiche pegado que decía “Hágase Actor”. Centro Experimental Cinematográfico”. Era en la calle Ayacucho… me dije, “actor de cine”. El día que cumplí 22 años, fui y pagué la inscripción. Y empecé a estudiar. Nos daba clase Marcelo Lavalle que fue un viejo director de Teatro Independiente. Él estaba al frente del Instituto de Arte Moderno, en donde montaba obras de grandes autores, protagonizadas por figuras y los alumnos interpretaban los pequeños papeles. Era un Teatro-Escuela. Me fui al Instituto de Arte Moderno y a los pocos meses empecé a hacer un pequeño papel en una obra. Y a partir de ahí no paré.


“El actor puede hacer cosas que en la vida tendrían un costo muy caro”.

A los tres años de estar con Marcelo Lavalle, empecé a sentir que mi tarea era muy exterior. Ahí empecé a investigar quienes eran los mejores profesores. Fui a ver a Augusto Fernández, él tomaba casting de admisión, y entré. Me cambió la cabeza. Empecé a sentir lo que yo creo que es la verdadera y profunda aventura del actor, que es olvidarse de exhibir y mostrar algo al espectador y ocuparse de la aventura del recorrido interno. La profesión nos permite trabajar con la materia negra que la vida social, la ética y la moral no nos permite.


En ese recorrido interno esta la verdadera aventura del actor. El camino infinito. En donde singularmente, representamos a la humanidad entera. Cada uno de nosotros somos infinitos y singulares. Poder encontrar el camino infinito hacia esa singularidad, me parece un privilegio. El gran privilegio del actor. Es algo en nuestra profesión que es de excepción: poder mantener al niño jugando. Como decía Nietzsche: “De adulto, lograr la seriedad del niño cuando juega”.


“La publicidad me dio la posibilidad de darme cuenta del valor del entrenamiento teatral”.

Las publicidades de Vinos Crespi fueron doce. Pero la cuarta fue la que rompió todo. Eran cuatro canales de aire y cada uno de ellos la pasaba alrededor de treinta veces por día. Eran 20 millones de personas que las veían. De no haber sido por el teatro, esa publicidad hubiera sido para mí una autopista envaselinada. Podría haber ido a parar a cualquier lugar muy imbécil, muy triste y muy dañino. La publicidad me ayudó a darme cuenta de qué tenía que cuidarme y de cómo es la relación entre uno mismo y su propia vanidad.


“Para dormir, tenemos que actuar el sueño”.

Debuté en televisión con “El amor tiene cara de mujer”. Y en cine en “El Santo de la Espada”, que tenía sólo tres líneas de texto. Pero mi mayor reto fue al tiempo que tuve que hacer un Consultor inglés de una Editorial de Londres y que era homosexual. Yo en esa época jugaba al billar por plata en Lanús, nada más alejado a mí que ese personaje. Lo que hice fue partir de lo externo, y lo voy a explicar con un ejemplo previo: Cuando nos acostamos para dormir, cerramos los ojos y nos ponemos en situación de sueño. No estamos dormidos, sin embargo, en algún sentido, se podría decir que “actuamos el sueño”, para darle a entender a nuestro cerebro que nos queremos dormir. Partiendo de esta premisa, imaginé un cono con una pelotita de gol en la punta. Eso me obligó a realizar movimientos más cuidados, elegantes y finos. Ese personaje fue tan importante para mi carrera que fue el gen de Huguito Araña, que después hice en televisión.


“No hay una receta específica. Pero cada uno deberá descubrir la aventura para él mismo o para sí misma de saber cuál es el camino para construir un carácter, la psicología de un personaje”

Sea comedia o tragedia, mi protección siempre es el otro. Mis líneas son al otro, nunca al público. No le explico al espectador cómo le hablo al otro personaje. El espectador ve todo. El refugio es el otro. No es para el espectador, es con el espectador. Pero los personajes se relacionan entre sí. El actor no tiene porqué ser verdadero, de hecho es un gran mentiroso, pero sí debe ser verosímil. Que imprima una lógica de discurso creíble.


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